Tras la enérgica reacción española ante el ataque inicial de los rifeños del día 9 de julio, éstos se mantuvieron en una actitud pasiva, limitándose a observar los movimientos españoles. Algunos jefes rifeños se presentaron el 10 de julio en Sidi Hamet ante el general Marina solicitando su perdón, por temor a las represalias del ejército. Los rifeños de Nador, Beni Ensar y Frajana confirmaron su neutralidad; la cabila de Beni Sicar era ambigua, dando a entender que no se alzaría contra España, pero que bien podría hacerlo si la suerte de las armas le era adversa a los españoles.
Sin embargo, en todo el campo rifeño se manifestaba una gran efervescencia, puesto que no pasaba ninguna noche sin que dejaran de brillar grandes hogueras en el monte Gurugú, señal de la reunión de combatientes rifeños y de que estaban preparando algo contra la guarnición de Melilla. Los Beni Urrieguel presionaban a los Bocoya y Beni Itef para enviar guerreros a luchar en la provincia de Guelaya, y los Beni Said, Metalza y Beni Bu Yahi obligaron a los Beni Sicar a proporcionar hombres para la harka. Por ello, el general Marina creyó conveniente enviar los cañoneros ”María de Molina” y ”Martín Alonso Pinzón” a bombardear las costas y aduares costeros de Beni Sais, a orillas de la desembocadura del río Kert.
El 14 de julio llegó a Melilla el vapor ”Buenos Aires” trayendo a bordo las primeras unidades de refuerzo de la 3ª Brigada Mixta: el escuadrón de Caballería Treviño, el grupo de Artillería, el batallón mixto de Ingenieros y la compañía de Administración Militar. Poco después llegaría el general Imaz con la primera media brigada, formada por los batallones de cazadores Barcelona, Mérida y Alba de Tormes, dos secciones de Ametralladoras y una ambulancia a lomo. Sumadas a sus fuerzas, el 18 de julio el general Marina disponía de una fuerza de combate de 7.010 hombres, 265 caballos, doce ametralladoras y 24 piezas de Artillería de campaña:
Según los informes que recibía el general Marina, la harka rifeña se había reunido en la parte superior del barranco de la Barraca, situado al sur de Sidi Hamet el Hach, fuera del alcance de los cañones españoles. Su fuerza sumaba unos 5.000 guerreros, encabezados por un tal Sidi Mohamed Mizián, junto al cual marchaban el Chadly, antiguo lugarteniente del Rogui, el Hach Ben Mohamed ben Solimán, de Tizi, Abd el-Kader, de Ben Tieb, y el Hach Amar, de Metalza.
Sobre las 13:00 horas del 18 de julio los rifeños comenzaron a hostilizar las avanzadas de Sidi Hamet y las posiciones de Sidi Alí y el Atalayón. Pensando que los españoles no tenían aún fuerzas suficientes para sostener el primer empuje, los rifeños se lanzaron al ataque con intención de romper las filas españolas, apoderarse de la artillería y aislar la plaza de Melilla del resto de posiciones ocupadas por las tropas españolas. Para ello se dividieron en dos columnas:
A la misma hora se vio desde la posición de Sidi Hamet que un numeroso contingente de moros a caballo descendía del barranco de la Barraca, y de forma inmediata los cañones dispararon contra ellos. Era la columna a caballo del Hach Amar, que se ocultó tras el monte Arbós, se dirigió a Nador, y con mucha precaución salvó la distancia que le separaba hasta las faldas de la loma de Sidi Alí, donde se reunió con el grupo de a pie de su columna que se refugió en los ángulos muertos que ofrecía aquel monte. Mientras tanto, un nutrido grupo de unos 400 guerreros comenzó el descenso desde la Barraca en dirección a Sidi Hamet, poniendo en fuga la vanguardia de las fracciones de Mesamer y Beni Ensar, que se refugiaron en la posición. Los rifeños avanzaban de forma diseminada, para ofrecer menos blanco.
La posición de Sidi Hamet estaba defendida por las mismas unidades que lo ocuparon tras el 9 de julio. Pero su fortificación no estaba acabada, pues en algunos sitios el parapeto, donde lo había, alcanzaba entre 20 y 50 cm, y la alambrada faltaba en muchos lugares. Al observar el ataque enemigo, en Sidi Hamet se reforzaron los puestos avanzados que mandaba el teniente coronel don Federico Julio Ceballos, del regimiento de África, los cañones Krupp de la batería y de la sección de Montaña se emplazaron a media ladera hacia el frente, mientras que los las dos piezas Saint-Chamond de la sección de Montaña lo hacían en el frente opuesto, y se desplegó toda la Infantería en el parapeto. Cañones y fusiles rompieron el fuego para contener el avance enemigo. Pero los moros mantenían su progresión aprovechando las ondulaciones del terreno, arrastrándose materialmente sobre él y ocultándose tras casas, piedras y chumberas, mientras mantenían su cadencia de fuego.
Pronto los rifeños comenzaron a correrse hacia las estribaciones del oeste, que dominaban las posiciones españolas por su flanco derecho. La situación se hizo tan comprometida que el general Marina ordenó el repliegue de las unidades avanzadas de cada posición y solicitó refuerzos a la plaza. En el repliegue, el teniente coronel Ceballos fue herido gravemente, resultando muerto horas más tarde. Mientras llegaban los refuerzos, el general ordenó al teniente coronel don Luis Aizpuru y Mondéjar, jefe de la Brigada Disciplinaria, salir de Sidi Hamet con una compañía de su unidad para reforzar la posición de Sidi Alí, pues los moros amenazaban con cortarle la comunicación con la plaza.
Antes del anochecer llegó el coronel don Enrique Alonso de Medina, jefe de la primera media brigada de la 3ª Brigada Mixta, al frente de una columna formada por el batallón de Cazadores Barcelona nº 3, una sección de Ametralladoras, una sección de Montaña de la plaza y la 2ª Batería de Montaña de la 3ª Brigada Mixta. Una sección de esta última quedó en la Segunda Caseta mientras la columna, hostilizada por su flanco derecho, se incorporaba a la posición de Sidi Hamet. Una vez en la posición, el dispositivo defensivo quedó como sigue:
Mientras tanto, el grupo de jinetes del Hach Amar logró situarse en desenfilada a la izquierda de la loma de Sidi Hamet y comenzó a subir la ladera para atacar la posición; pero fueron vistos desde el Atalayón y su avance fue detenido en seco por las nutridas descargas que hizo sobre ellos una sección de Melilla que bajó del Atalayón hasta la Tercera Caseta. En esta acción murió un hijo del Hach Amar y uno de los hermanos del jefe de los Beni Sidel.
Sobre las 20:00 horas, al salir de Sidi Hamet las unidades que iban a reforzar Sidi Alí y el Atalayón, los moros creyeron que los españoles estaban abandonando la posición, por lo que avanzaron con más brío hasta quedar ocultos en un farallón de rocas a corta distancia de la posición, desde donde continuaban sus disparos. Este avance produjo un desconcierto entre los soldados españoles, algunos de los cuales abandonaron el parapeto para reponerse al poco tiempo y regresar a él. Los moros aprovecharon el momento para lanzarse al asalto y, despreciando el fuego de fusiles y botes de metralla que los españoles lanzaban sobre ellos, se echaron sobre las alambradas, donde murieron siete de ellos, entraron en la posición, capturaron tres tiendas de campaña y se abalanzaron sobre los cañones Krupp, que habían sido replegados al interior de la posición, llegando al cuerpo a cuerpo con los artilleros. Al pie de sus cañones murieron el comandante de Artillería don José Royo de Diego y el capitán de Artillería don Enrique Guiloche Bonet, a quienes se les concedería la Cruz Laureada de San Fernando el 22 de abril de 1910. En la defensa de las piezas se distinguió una sección de Melilla, que con sus fuegos evitó que unos moros se llevasen una de las piezas de Artillería y ahuyentó al resto.
Sobre el comportamiento heroico del comandante Royo de Diego y del capitán Guiloche Bonet, el periódico “La Correspondencia” recogió los siguientes detalles (textual):
“…Ambos perecieron por la noche, cuando los moros atacaron por segunda vez el campamento. A eso de las ocho y media varios grupos de moros que se había acercado valiéndose de la oscuridad, rompieron las alambradas y entraron en el campamento. Nuestros soldados les contuvieron haciendo descargas cerradas. Mientras otros moros atacaban al arma blanca la batería de cañones de 9 centímetros, que mandaba el capitán Guiloche. Alrededor de las piezas trabose una lucha horrible. Los moros avanzaban con salvaje fanatismo, despreciando a la muerte.
Nuestros artilleros cargaban y disparaban sus piezas con asombrosa serenidad. Unos cincuenta moros se precipitaron sobre uno de los cañones, que se encontraba emplazado en una posición saliente. El capitán Guiloche acudió para animar a los artilleros. Asióse a una de las ruedas, y disparando su revólver logró que los moros que se adelantaban retrocedieran para escapar a la muerte. Por su propia mano mató a varios de ellos. Los sirvientes de la pieza, enardecidos por el valor de su jefe, rechazaron a tiros y culatazos a los salvajes asaltantes. De pronto el capitán Guiloche desplomóse moribundo. Con un último esfuerzo abrazóse a la pieza, que tan bravamente había defendido, y expiró sin exhalar un grito. Había recibido una bala en el pecho.
Momentos después llegó corriendo el comandante Royo. Disparaba su revólver contra los moros que replegados a alguna distancia, hacían fuego nutridisimo , y con la voz y el gesto enardecía a los artilleros. Hubo un momento de respiro, pero de pronto sonó una nueva descarga. El comandante Royo desplomóse moribundo, con el cuello atravesado por un balazo. A los pocos momentos expiró.
Fuerzas de Infantería avanzaron entonces haciendo fuego por descargas, y los moros se retiraron sin dejar de disparar. Los cadáveres de Guiloche y Royo fueron recogidos calientes todavía…”
Durante todo el día, los soldados dispararon en silencio, atentos a las voces de mando de sus oficiales, sin voces ni aspavientos, demostrando una gran disciplina de fuego y en su comportmiento. Hubo momentos en que parecía que la avalancha de los moros iba a internarse inevitablemente dentro del Cuartel General para luchar cuerpo a cuerpo con los españoles. El general Marina, en uno de los momentos más comprometidos y cuando los moros se preparaban para el asalto, dió un vibrante ¡Viva España!, que fue respondido por las tropas españolas. Finalmente, el ataque fue rechazado y los rifeños regresaron al farallón del que habían partido.
Poco después, protegidos por la oscuridad de la noche, los jinetes desmontados del Hach Amar llegaron a la parte trasera de Sidi Hamet y se apoderaron de 18 mulos que había fuera de la posición por no haber espacio para ellos dentro. Alertados por la presencia enemiga, una compañía de África al mando del capitán don Eduardo López Ochoa y Portuondo, desplegó frente a la puerta de acceso y, rodilla en tierra, comenzó a disparar en descargas cerradas sobre el enemigo a la voz de sus oficiales, logrando rechazarle. Durante toda la noche se sucedieron los ataques de los moros a las posiciones de Sidi Alí y Sidi Hamet, que avanzaban despreciando el fuego mortífero del fuego de fusilería y de los botes de metralla, y colocaron a los defensores en situaciones muy comprometidas.
Sobre las 03:00 horas el ataque perdió intensidad, y al amanecer cesó por completo. El combate se saldó con 49 bajas españolas: 2 jefes, 1 oficial y 15 soldados muertos; 3 oficiales y 28 de tropa heridos. Según confidentes moros de los españoles, las bajas rifeñas en el ataque fueron de 150 muertos y 300 heridos:
A las 08:00 horas del 19 de julio llegó a Sidi Hamet el Hach en general Imaz con un convoy de municiones, una sección de Ametralladoras, una sección de Sanidad y una compañía de Zapadores de la plaza, escoltado por el batallón de Cazadores Alba de Tormes, que regresó a Melilla sobre las 09:30 horas. Durante el resto del día los Ingenieros finalizaron el parapeto y la alambrada de la posición, que durante esa noche fue hostilizada y sufrió cuatro bajas: un soldado muerto y tres heridos. Las posiciones de Sidi Alí y el Atalayón también fueron hostilizadas aquella noche, mientras las hogueras encendidas en las laderas del Gurugú recordaban a los españoles la presencia de los guerreros de la harka rifeña.