LA CAMPAÑA DE MELILLA DE 1909

(9 de julio-27 de noviembre de 1909)
COMBATE DEL 27 DE JULIO DE 1909
El Desastre del Barranco de Lobo
Quinto día de combates de julio de 1909, que acabó convirtiéndose en el Desastre del Barranco de Lobo. Se combatió por la protección del convoy de suministro a las posiciones avanzadas y se saldó con 731 bajas españolas, 171 de ellos muertos, entre los que figuró el general don Guillermo Pintos Ledesma, jefe de la Brigada de Cazadores nº 1 de Madrid.

El 23 de julio, tras finalizar el desembarco de los batallones Barbastro y Figueras, se envió una compañía de África para reforzar la posición de Cabo de Agua , lo que motivó que las cábilas del lugar se sumaran a la harka.

Nada más conocer los detalles del combate del 23 de julio, el gobierno aceleró el envío de la 1ª División Orgánica y ordenó a la 2ª Brigada Mixta del Campo de Gibraltar que se previniera para marchar a Melilla. Al día siguiente, 24 de julio el general Marina fue ascendido a teniente general y nombrado General en Jefe del Ejército de Operaciones con el coronel Francisco Gómez Jordana, que actuaba en aquellos momentos como ayudante de S.M. El Rey, como su Jefe de Estado Mayor, mientras que el general de división don Salvador Arizón Sánchez Fano fue nombrado nuevo Gobernador Militar de Melilla.

Mientras, en Melilla, se hacía balance del sangriento combate del 23 de julio, Durante los días 24 y 26 de julio los rifeños se limitaron a hostigar las posiciones de Sidi Alí y Sidi Musa. Además, en aquellos días, se dedicaron a hostigar con fuego de fusilería a distancia el convoy de suministro formado por carros-algibe y carricubas que salía diariamente del Hipódromo para abastecer de agua a las posiciones avanzadas, utilizando para ello el ferrocarril de la Compañía Norteafricana. Esto obligó al general Marina a destinar una fuerza equivalente a un batallón para escoltar el convoy, además de la treintena de soldados al mando de un oficial que siempre acompañaba al convoy en el tren.



Grupo de soldados junto a las vías del ferrocarril de las minas (Fuente: El Álbum de la Guerra de Melilla. Cuaderno nº 1, fotografía nº 17.)

El 25 de julio, cinco compañías y una sección de Caballería al mando del teniente coronel jefe del batallón Madrid sostuvieron el fuego con los rifeños apostados en las alturas, sufriendo dos soldados heridos. Durante la mañana y la noche de aquel día los rifeños intentaron ataques de escasa entidad en los Lavaderos y los campamentos del campo exterior de Melilla, resultando heridos un capitán y 17 de tropa. Todo esto, unido a confidencias que alertaban de un posible ataque por el norte, hizo que los batallones de Barbastro y Figueras y una media brigada de la 3ª Brigada Mixta desplegasen en el exterior para reforzar las defensas. Mientras tanto, la 1ª Brigada Mixta de Cazadores de Madrid finalizó su desembarco ese mismo día con su general don Guillermo Pintos Ledesma al frente, presente en la plaza desde dos días antes.

El 26 de julio la escolta del convoy estuvo formada por cuatro compañías, que sufrieron un muerto y cinco heridos, todos de tropa; este día la batería de Montaña tuvo que salir, protegida por una compañía de Melilla, para batir al enemigo. Según información sobre el enemigo, la harka estaba reuniendo un gran contingente detrás del Gurugú, en cuya cima había prendido una enorme hoguera, visible desde Melilla y a varios kilómetros, con doble propósito: quemar a sus numerosos muertos, que no podían enterrar, y avisar a las cabilas para que acudieran a la harka. Además, se sabía que sus jefes Mizzián y el Chadly prometían abundante botín a sus hombres.

Aquella tarde, el general Marina envió la siguiente orden al general Pintos para escoltar el convoy del día siguiente,27 de julio,:

    ”Para escoltar el convoy a las posiciones avanzadas dispondrá V.E. que a las diez de la mañana se encuentren en el Hipódromo tres compañías y una sección e Caballería de la Brigada de su mando, a las que allí se unirá una compañía del Disciplinario, tomando el mando del conjunto el coronel que V.E. designe y que antes se presentará a recibir mis órdenes, y emprendiendo la marcha desde dicho Hipódromo en cuanto haya organizado el mencionado convoy.

    El tren llevará su escolta particular ordinaria.

    Para acudir a su protección, si fuera preciso, se encontrará V.E. prevenido con dos batallones, una sección de Artillería y el resto de la Caballería, por si fuese atacado el convoy.”

Aquella noche, a las 22:00 horas, varias partidas de rifeños comenzaron a hostigar las posiciones mientras otro grupo se dirigió a las vías y levantó un tramo de unos 300 metros. A la mañana siguiente, el reconocimiento ordinario observó el destrozo de la vía, que al teniente de Ingenieros don Emilio Alzugaray Goicoechea corroboró en unos 300 metros a partir de la Segunda Caseta. Ante esta noticia el general Marina modificó su orden de la tarde anterior y formó dos columnas diferentes:

  • Columna de escolta del convoy: seis compañías (una de Arapiles, dos de Reus, dos de Alfonso XII, una de África), el escuadrón Treviño y dos cañones de Montaña, al mando del coronel don Juan Fernández Cuerda, jefe de la 2ª media brigada de la 3ª Brigada Mixta.

  • Columna de protección: 1ª Brigada Mixta, al mando del general Pintos.

El objetivo del general Pintos era el centro de la loma de Ait Aixa, donde se levantaba la casa de un tal Alí el Gordo. Su misión era vigilar los barrancos de salida del Gurugú y, en caso de que la harka atacase por ellos, cogerlos de flanco y atacarla. De esta manera se repetiría el escenario del combate del día 23 de julio, pero con más efectivos. El general Pintos fue advertido de que vigilase las alturas de su flanco derecho y que tuviese cuidado con el barranco del Lobo, que el enemigo podría utilizar como camino cubierto para atacarle.

Antes de la salida del convoy la batería Montada de la plaza desplegó sus cañones a las 09:30 horas para batir con metralla las lomas de Ait Aixa (cota 180 m.) y del Gorro Frigio (cota 250 m.), situada en sus inmediaciones, y el barranco del Lobo. Disparó 145 granadas y regresó al campamento del Zoco. A su lado desplegó la 3ª batería del 2º regimiento de Montaña, que batió la cumbre de los Farallones, desde donde podrían disparar los moros contra el flanco derecho del general Pintos. También se unieron a esta preparación artillera los cañones de Fuerte Camellos y del Hipódromo.

El convoy de suministro salió del Hipódromo sobre las 12:00 horas. Cuando los rifeños vieron que el convoy llegaba a la Primera Caseta, abrieron un nutrido fuego de fusilería que produjo las primeras víctimas. Los españoles se desplegaron en guerrilla a lo largo de la vía de ferrocarril y respondieron al fuego enemigo, que arreciaba cada vez más. En un momento dado, surgió un alarido de las filas rifeñas, y como si fuera una señal convenida, grupos compactos de rifeños surgieron de las entrañas de la tierra y se lanzaron a la carrera hacia la línea española, salvando en menos de tres minutos la distancia que les separaba de ello, todo ello sin que amainase el fuego de los rifeños apostados entre las rocas. Estos tres minutos fueron aprovechados por la Artillería para cañonear a los moros y lanzarles numerosos botes de metralla; pero éstos prosiguieron su impetuoso avance cubriendo con sus gritos los gemidos de sus heridos, hasta chocar con la línea de tiradores españoles. Atacantes y defensores se hicieron sendas descargas a quemarropa y acto seguido se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo a cuchillo, gumias contra bayonetas.

Se entabló una feroz lucha, especialmente en los puntos donde estaban emplazadas las piezas de Artillería, donde la pelea fue muy sangrienta. Se luchó durante más de un cuarto de hora, en silencio, pasado el cual los rifeños, diezmados, retrocedieron sin llevarse a sus muertos y heridos. Al cabo de pocos minutos reanudaron el ataque de forma furiosa, de forma que en algunos puntos la línea española retrocedió momentáneamente, abrumada por la superioridad puntual de los rifeños, y llegaron a tocar los cañones españoles, matando a muchos de sus defensores. Pero los españoles reaccionaron con igual violencia y rechazaron a los rifeños, quienes retrocedieron por segunda vez. El sol del mediodía abrumaba a los combatientes con su calor. Animados por su éxito, los españoles continuaron respondiendo el fuego de los rifeños con más ardor si cabe, mientras la Artillería continuaba disparando granadas sin interrupción.

Finalmente, el convoy llegó hasta la Segunda Caseta. Allí se quedó el coronel Fernández Cuesta como jefe de la posición. La compañía de África abandonó la columna para dirigirse a Sidi Musa y reforzar su guarnición. El resto continuó a las órdenes del coronel Axó y desplegó para que la compañía de Zapadores del 2º Regimiento Mixto de Ingenieros reparara la vía ferroviaria bajo su protección.

Mientras esto ocurría cerca de la línea férrea, en las faldas del Gurugú se libraba otro sangriento combate. El avance de la 1ª Brigada Mixta se inició sobre las 12:30 horas del siguiente modo:

  • Flanco derecho: Primera media brigada, con batallones de Cazadores de Madrid, Barbastro y Figueras:

    • Primer escalón, el batallón Madrid, con dos compañías en vanguardia y otras dos en retaguardia. Su objetivo era alcanzar un grupo de chumberas existentes a la izquierda de una cresta rocosa llamada los Farallones, situada a unos 800 metros de distancia.
    • Segundo escalón: batallón Barbastro.
    • Reserva: 2ª y 4ª compañías del batallón Figueras, bajo el mando accidental del teniente coronel don Luis Carniago, ayudante del general Pintos, donde además marchaba el general. Las 1ª y 3ª compañías de este batallón, al mando de un comandante, quedaron en el llano protegiendo los cañones de la 3ª batería de la brigada.
  • Flanco izquierdo: Segunda media brigada, con los batallones de Cazadores Las Navas, Llerena y tres compañías de Arapiles, que dejó la cuarta en el Hipódromo, al mando del coronel Páez Jaramillo.

    • Primer escalón: el batallón Las Navas, que avanzaría desde la Posada del Cabo Moreno.
    • Segundo escalón: el batallón Llerena, al mando del teniente coronel Prieto Valero, dispuesto a desplegar a derecha o izquierda de Las Navas en función de la actividad enemiga.
    • Reserva: las tres compañías de Arapiles, al mando del capitán don Ángel Melgar, que quedaron prevenidas en los Lavaderos.

El frente de la línea formada por las dos columnas ocupaba un frente aproximado de 1.500 metros de ancho. El decidido y disciplinado avance de los soldados, en completo silencio, impresionó tanto a los rifeños que los observaban desde las alturas que poco después se supo que estuvieron a punto de abandonar sus posiciones y retirarse, de no ser por la intervención de sus jefes, que les obligaron a permanecer en sus puestos.

COLUMNA DE LA DERECHA

El batallón Madrid, que iba en vanguardia, avanzó unos 700 metros hasta llegar a la distancia de fuego del enemigo, que se hizo cada vez más intenso y le obligó a desplegar sus compañías de reserva. El avance de los españoles era continuo y parecía que nadie lo detendría. Los rifeños iban retrocediendo paso a paso, y los españoles, enardecidos, saltaban de roca en roca, de hueco en hueco, aprovechando todos los abrigos posibles para proseguir el avance. El enemigo estaba desplegado en escalones, de forma que cuando era desalojado de un barranco aparecía unos metros detrás parapetados en otro.



Mapa de la zona de operaciones del combate del 27 de julio (Fuente: Elaboración propia sobre un mapa del Servicio Histórico Militar. Historia de las campañas de Marruecos, tomo 2, parte 1, página 80.

El fuego enemigo arreciaba desde el flanco derecho, lo que obligó al general Pintos a ordenar al batallón Barbastro que reforzara a Madrid y formara una defensa en ese flanco; entonces Madrid torció a su izquierda se lanzó enérgicamente hacia arriba para alcanzar los Farallones, desplegando su 1ª compañía por la derecha y la sección de Ametralladoras de la brigada por su izquierda. El batallón Madrid se sostuvo varias horas en esta posición, repeliendo los constantes ataques que realizaba el enemigo sobre él. Con estas acciones quedó eliminado el peligro sobre el flanco derecho de la columna.

El general Pintos avanzaba inicialmente a caballo entre sus hombres para animarlos con su presencia. Su ejemplo era seguido por los oficiales haciendo fuego con sus revólveres. Atacaban cuesta arriba; cuando hubo que comenzar a subir los riscos, el general se bajó del caballo y subió a pie mezclado con los soldados. En un momento dado en que avanzaba con una sección del batallón Barbastro, el general se apoyó en una piedra y una bala en la cabeza le quitó la vida. Los soldados españoles, lejos de amilanarse, quisieron la vengar la muerte de su jefe y se lanzaron hacia arriba contra los rifeños, quienes retrocedieron hurtando el combate cuerpo a cuerpo y parándose únicamente para volverse a disparar. El cuerpo del general fue retirado rápidamente al Hipódromo y la noticia no se expandió por las columnas.

En esta zona el terreno ofrecía al defensor un abrigo muy completo, pues era muy abrupto y quebrado, a la par que una retirada segura. El fuego de los rifeños se hizo más nutrido y su resistencia mayor. Combatían dando una feroz acometida lanzando gritos para retirarse seguidamente y continuar sus certeros disparos. Sobre las 14:30 horas, el teniente coronel Carniago se dio cuenta de que los moros estaban amenazando seriamente la izquierda del avance de Madrid y Figueras, por lo que envió las dos compañías de Arapiles a su mando hacia ese flanco, que se movió bajo un incesante fuego enemigo. Gracias a esta decisión se logró parar el avance enemigo, que además comenzó a ser batido por el fuego de las ametralladoras y fusiles del batallón Madrid. Con ello ser cumplió la misión de frenar al enemigo en el flanco derecho del avance.

COLUMNA DE LA IZQUIERDA.

La columna del coronel Páez Jaramillo atravesó el barranco del Infierno. Al embocar el comienzo del barranco las unidades comenzaron a converger y a mezclarse entre ellas al ir estrechándose el terreno. A pesar de ello, la línea española comenzó a avanzar cuesta arriba, hostilizada por un fuego graneado poco intenso. Guiados por sus oficiales, que marchaban animosamente al frente de sus unidades despreciando el peligro, los españoles avanzaron rápidamente por el fondo del barranco y se internaron en la zona donde el terreno comienza a estrecharse.

El fuego de los moros era tan intenso que las dos compañías de reserva de Las Navas tuvieron que pasar a reforzar al primer escalón. Para esos momentos el teniente coronel jefe del batallón había muerto, y la mayoría de sus oficiales estaban fuera de combate muertos o heridos. El comandante don Eduardo López Nuño trató de poner orden en las filas del diezmado batallón, pero cayó también gravemente herido al poco rato.

A una distancia de unos cien metros de Las Navas avanzaba el batallón Llerena. Al llegar al barranco del Lobo el teniente coronel Prieto ordenó que dos compañías girasen hacia la izquierda para hacer frente a un ataque enemigo por ese flanco. Allí se enfrentaron cuerpo a cuerpo con un numeroso grupo de rifeños que se les enfrentó en el barranco, en el que murió el teniente coronel Prieto. A pesar de la violencia de la lucha y de la muerte de su jefe, los de Llerena no retrocedieron y permanecieron en el lugar.

Mientras tanto, las otras dos compañías, al mando del comandante don Ricardo Fresneda, recibieron la orden del coronel Páez Jaramillo de marchar a reforzar el flanco derecho. Así lo hicieron, pero las compañías fueron diezmadas por el camino y acabaron por detenerse. Con la mayoría de los oficiales muertos o heridos, el comandante Fresneda trataba de mantener el orden hasta que cayó herido; se negó a ser evacuado, mientras animaba a sus hombres a seguir luchando.

Era una lucha continua e interminable, en la que cayeron muchos jefes y oficiales que sacrificaron sus vidas para arrastrar con su ejemplo a sus soldados, bisoños y recién desembarcados. En estas angustiosas circunstancias, el teniente don Joaquín Tourné, de Las Navas, continuaba avanzando al frente de una cuarentena de mezcla de soldados de Las Navas y Llerena. Se apostaron un buen rato en un punto que fue el más avanzado que se consiguió tomar en aquel fatídico día, hasta que la muerte del teniente y la mayor parte del grupo obligó a retirarse a los diez únicos supervivientes.

Al recibir la noticia de la muerte del general Pintos, el coronel Páez Jaramillo entendió que debía tomar el mando de la brigada. Antes de hacerlo, envió una orden al capitán Melgar para que sacara al campo sus tres compañías de Arapiles, que estaban de reserva en los Lavaderos, y reforzaran a las compañías de Llerena que estaban en el barranco en el flanco izquierdo. Pero la orden no pudo cumplirse porque el capitán Melgar las había sacado por su cuenta para unirse a la lucha de sus compañeros en el barranco, donde el capitán cayó muerto. Además, el coronel Páez Jaramillo cayó con su caballo por un precipicio y tuvo que ser evacuado debido a las heridas que sufrió.

Las tres unidades, Las Navas, Llerena y Arapiles estaban diezmadas y privadas de la mayor parte de sus oficiales. Se produjo un momento de confusión, vacilación y perplejidad entre la tropa que no pudo ser dominado por los oficiales que quedaban. Se rompió la cohesión de las unidades y los soldados iniciaron una precipitada retirada hacia la salida del barranco del Lobo perseguidos por los moros, que se disponían a caer sobre ellos. Afortunadamente, la retirada pudo ser controlada por los oficiales que quedaban hasta poder detenerla.

Sobre las 15:00 horas, al conocer la muerte del general Pintos y la baja del coronel Páez Jaramillo, el general Marina tomó el mando de la brigada desde los Lavaderos. Como primera providencia ordenó a los batallones de la izquierda que ”volvieran a ocupar las posiciones avanzadas y esperaran a pie firme la llegada de nuevas disposiciones”. Luego ordenó al coronel Aranda, recién llegado de una comisión de servicio, que se hiciera cargo del mando de dicha ala, que serviría de base para apoyar el repliegue de la columna de la derecha. El coronel Aranda llegó a la zona de despliegue de los batallones de la izquierda con un grupo de oficiales con los que llenó alguno de los huecos de los caídos. A pesar de lo quebrantadas que estaban, logró cohesionar las unidades y retomar la disciplina de fuego de las unidades.

El general Marina comprendió que la brigada no podía continuar seguir desplegada por más tiempo y, en vista que el convoy hacía cumplido su misión, decidió la retirada al Hipódromo. A las 18:00 horasRicardo Garrido, Jefe de Artillería de la plaza, que colocase una ”masa de Artillería” en aquella dirección.

La retirada de la brigada se ejecutó con toda precisión y serenidad, por escalones de compañía. Los cañones de la derecha disparaban sin cesar sobre los rifeños, que se lanzaban en masa sobre los soldados en retirada, causando numerosas bajas al enemigo. La columna del coronel Axó se mantuvo desplegada dos horas haciendo fuego de apoyo. Su sección de Ametralladoras se colocó sobre una colina y se mantuvo todo el tiempo disparando de enfilada sobre el barranco de Lobo. La operación finalizó con la entrada en el Hipódromo del coronel Axó sobre las 21:00 horas.

Según una nota emitida cinco meses después de la campaña por la Secretaría particular del ministro de la Guerra, el general Luque, los españoles sufrieron 1.046 bajas en los combates de la vía ferrea y del barranco del Lobo del 27 de julio, entre muertos, heridos y desaparecidos. Sin embargo, las bajas que pueden contarse son 731:

  • 1 general, 5 jefes y 15 oficiales, muertos (de ellos, 12 se recogieron en un reconocimiento que se hizo en el barranco del Lobo el 23 de septiembre, tras la toma de Nador)
  • 150 clases de tropa, muertos (52 recogidos del campo de batalla el mismo día del combate, y 98 recogidos el 23 de septiembre; fueron llevados a la plaza con los debidos honores y enterrados en el cementerio de Melilla).
  • 2 jefes y 35 oficiales, heridos.
  • 523 clases de tropa, heridos, según se desprende de una relación realizada por la dirección del Hospital Militar de Melilla con fecha 13 de septiembre, del número de heridos atendidos en los hospitales de la plaza por los combates del 27 de julio.

Se desconoce el número de bajas que tuvieron los moros, pero debieron de ser muy elevadas por lo encarnizado del combate y por las bajas que se les veía sufrir durante sus ataques al descubierto. Un informe de la 1ª Sección de la Oficina Central de Intervención y Tropas Jalifianas las estimó en 475 muertos y 1.200 heridos según el testimonio de indígenas testigos del combate; por su parte, el general Marina las cifró en unos 100 muertos y una cifra proporcional de heridos. Lo cierto es que el combate del 27 de julio fue el último ataque en fuerza realizado por los rifeños a la línea española, y que desde entonces perdieron la iniciativa.



Desde el punto de vista conceptual, la operación del general Pintos no tiene nada de extraordinario ni anormal, pues se trató de un avance con un objetivo táctico preciso: la loma de Ait Aixa y la protección del convoy de aprovisionamiento de las posiciones avanzadas.

La brigada consiguió su objetivo con grandes muestras de disciplina y acometividad, pero a costa de muchas bajas. El problema fundamental consistió en la ruptura de la cohesión de las unidades la ausencia de oficiales, un número elevado de los cuales que habían sido baja (muertos o heridos) durante el combate. La razón hay que buscarla en un equivocado concepto sobre el valor, el mando y el ejemplo que debían dar los oficiales a la tropa, fruto de aquella época, que los condujo al sacrificio de sus vidas, dejando de esta manera a la brigada sin mandos suficientes. De esta manera, los oficiales de la Escuela de Estado Mayor que estudiaron el combate escribieron:

    "Un aspecto delicado e importante del mando táctico y del concepto moral que de él se deriva, trata una de la memorias, al señalar la resistencia de los oficiales a cubrirse con el terreno aún en los casos en que tal medida es compatible y conveniente con el ejercicio de su misión, atribuyendo esta resistencia a una preocupación, quizás excesiva, por nuestro valor, que debe suponerse no falta a ningún oficial y también a un temor a la maledicencia, que puede acarrear la pérdida del buen nombre, más preciado por los oficiales dignos que la propia vida."

Por su parte, otro autor escribió lo siguiente Capitán de Estado Mayor don Nazario Cebreiros Curieses, (seudónimo: Capitán X), autor de Verdades amargas. La campaña de 1909 en el Rif,:

    "La oficialidad, culta, brillante, tiene un concepto equivocadísimo de lo que es la guerra moderna. No cubrirse nunca, ocupando la primera fila en el combate, es muy gallardo, pero es, en cambio, una lamentable equivocación."



  • Parte oficial del combate.
  • Carta de un soldado gallego a sus padres.
  • Carta de un soldado aragonés a su tío.
  • Carta del corresponsal del Heraldo de Madrid.
  • Acción del cabo Cestera.



En el Barranco del Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron por España.

Pobrecitas madres,
como llorarán,
al ver que sus hijos
a la guerra van.

Ni me lavo ni me peino,
ni me pongo la mantilla,
hasta que venga mi novio
de la guerra de Melilla.