El 21 de julio, el ministro de la Guerra, general Linares, comunicó al general Marina que los batallones Barbastro y Figueras, de la 1ª Brigada Mixta, junto con Zapadores, Caballería y Ametralladoras, zarparían de Málaga rumbo a Melilla, seguidos de otras tres expediciones que saldrían los días 23, 24 y 25 de julio con el resto de la brigada. Además, añadió que ese mismo día 21 se dió la orden de movilización a la 1ª Brigada de la 1ª División Orgánica, además de la de completar las filas de las unidades de la 2ª Brigada.
El 22 de julio se recibieron noticias desde la Restinga informando del paso de numerosos jinetes enemigos hacia Nador y de los preparativos para un nuevo ataque. En previsión, el general Marina dejó en el Hipódromo una columna de seis compañías de Infantería y dos piezas de Montaña al mando del coronel don Venancio Álvarez Cabrera, antiguo jefe de la Brigada Disciplinaria y buen conocedor del país y sus naturales, con la misión de socorrer la posición de Sidi Musa en caso de ataque. Simultáneamente, ordenó a dos compañías de la Brigada Disciplinaria del teniente coronel Luis Aizpuru que se mantuvieran prevenidos en los Lavaderos.
Mientras, ese mismo día, el embarque del batallón de Cazadores Las Navas en la estación de Atocha de Madrid estuvo rodeado de manifestaciones y protestas por parte del público, que tuvo que ser apartado de los andenes por la Guardia Civil. Esta actitud hostil contrastó con la acogida que el paso del tren tuvo por las distintas poblaciones de su recorrido, que fue recibido con muestras de simpatía, aclamaciones y patriotismo, que culminó con el grandioso recibimiento que se le dio en Málaga. Simultáneamente, se recibían noticias de manifestaciones contra la guerra en la ciudad condal, que finalmente derivarían en la Semana Trágica de Barcelona.
Contra todo pronóstico, a las 22:00 horas el coronel Álvarez Cabrera avisó a la plaza y salió con su columna del Hipódromo, llegando a las 23:30 horas a la Primera Caseta, donde torció a la derecha y se internó hacia las alturas del Gurugú. El objetivo del coronel es uno de los misterios de esta campaña, pues su muerte impidió conocer la motivación de su salida. Parece ser que estaba inspirada en su alto espíritu emprendedor, y que su intención era alcanzar la loma de Ait Aisa, utilizada por los rifeños para hostigar a los convoyes desde su altura. Otros afirman que su intención era acercarse lo más posible a la posición de Sidi Musa, para estar poder prestar su apoyo de forma mucho más rápida y sorprender a los moros con su presencia. Por último, existe la suposición de que el general Marina había proyectado una operación sobre Ait Aisa con dos columnas, y que la del coronel Álvarez Cabrera era la primera que debía de salir, mientras que la otra saldría de los Lavaderos al mando del teniente coronel Aizpuru. Por los documentos de archivo, podemos descartar la existencia de esta operación. El resto no dejan de ser especulaciones, pues no sabemos lo que pudo pasar por la mente del coronel aquel día.
Cuando el general Marina fue informado de la salida del coronel, alertó a las posiciones de Sidi Musa y Segunda Caseta para que estuvieran alerta y evitaran fuego amigo. Mientras, la columna avanzaba en dos escalones: en el primero marchaban dos compañías de África y una de Melilla; en el segundo lo hacían una compañía del batallón Alfonso XII, las dos piezas de Artillería, otro compañía del mismo batallón y, cerrando la marcha, otra del batallón Reus.
Al amanecer, la columna llegó a la posición de Sidi Musa. No sabemos si esta era la intención del coronel o, como especulan algunos, se perdió en su camino hacia Ait Aisa. Allí la tropa rompió filas; muy pocos pudieron entrar en la reducida posición, mientras el resto procedió a descansar sobre el terreno a retaguardia de la posición, expuesta a las alturas del Gurugú. Los moros fueron informados de la llegada de la columna por sus centinelas, y de inmediato se posicionaron en Ait Aixa y el pico Kola, que dominan por completo a Sidi Musa. Un centenar de rifeños se adelantó hasta un par de casas que coronaban el barranco de Alter, en un lugar llamado Iguemarien. Desde allí, sobre las 06:00 horas del 23 de junio, a unos 700 metros de distancia, comenzaron a disparar sobre los dispersos y descuidados soldados de la columna. No causaron bajas, debido a la distancia.
Mientras los soldados se sobreponían a la sorpresa, rehacían sus filas y tomaban posiciones de combate, el coronel Álvarez Cabrera, impaciente por escarmentar a los moros, ordenó al capitán don Fernando Fernández Cuevas, jefe de la 1ª compañía del 3er. Batallón del regimiento África, que reuniese cuantos soldados pudiera en ese momento y que le siguiera de inmediato con ellos. El capitán reunió un centenar de soldados de su compañía, que estaban cerca, y siguió con ellos al coronel, quien se había lanzado sin esperar hacia las casas de Iguemarien. Le siguieron la 2ª compañía del 2º batallón del regimiento Melilla, al mando del capitán don José Otegui Rodríguez, y algunos soldados de Reus con su comandante Summer al frente y de Alfonso XII. Al llegar a unos 200 metros de distancia, el coronel ordenó formación de combate, batir las casas por el fuego y, a continuación, asaltarlas. El plan del coronel era sencillo: que la compañía de África asaltase las casas mientras la compañía de Melilla les apoyaba por el fuego.
LA 1ª COMPAÑÍA DEL 3er. BATALLÓN DEL REGIMIENTO ÁFRICA.
El capitán Fernández Cuevas ordenó calar las bayonetas, y al grito de ”¡África nunca se queda atrás!”, el grito de guerra del regimiento, se lanzó al asalto al frente de sus hombres. Su compañía iba desplegada en línea, con las secciones de los tenientes Juan Román Jaime, José Jiménez Bernal y Enrique Mayorga Otazola avanzando por la derecha, centro e izquierda respectivamente. Los moros, enfrentados a este veloz avance, abandonaron las casas y escaparon hacia la vertiente opuesta del barranco. Allí se unieron al fuego de sus compañeros que disparaban desde Ait Aisa y el monte Kola, impidiendo la progresión de la compañía del capitán Fernández. Algunos rifeños aprovecharon el parón de los españoles para tratar de recuperar las casas, pero las descargas de fusilería de la compañía les detuvieron en seco.
Poco después un grupo de moros, que había aprovechado las inflexiones del terreno y las rocas para ocultarse, logró penetrar en el perímetro. El capitán Fernández salió hacia ellos y, con el brazo extendido, dio la orden a sus hombres de enfrentarse al enemigo. En ese momento una bala hirió al capitán, quien se encogió momentáneamente; a pesar de ello, siguió de pie, avanzando y animando a sus hombres. De pronto, el teniente Mayorga vio caer a su capitán; se acercó a él con tres hombres de su sección, le taponaron la herida y se dispusieron a evacuarle. Pero el capitán se negó enérgicamente y les ordenó dejarle en paz y que siguieran combatiendo. Su tono no admitía réplica, y el teniente Mayorga regresó a la línea con sus hombres. El ataque de los rifeños se volvió más agresivo. Se produjo un nuevo asalto, que fue repelido por los soldados de África, siempre animados por su moribundo capitán. Este aún tuvo fuerzas para levantarse y avanzar unos pasos hasta que unos disparos hechos a quemarropa le mataron definitivamente. El teniente Román, el más antiguo, se hizo cargo de la compañía, que finalmente se replegó a Sidi Musa con el cadáver de su capitán. Por su valor, al capitán Fernández Cuevas se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando el 16 de mayo de 1910.
LA 2ª COMPAÑÍA DEL 2º BATALLÓN DEL REGIMIENTO MELILLA.
La 2ª compañía del 2º batallón del regimiento Melilla, al mando del capitán Otegui, siguió al coronel Álvarez cabrera a la izquierda la compañía de África del capitán Fernández Cuevas. En primer escalón avanzaron la 1ª sección del teniente don Rafael de los Reyes Ortiz por la izquierda, y la 2ª sección del teniente don Ramón Fontana Lacasa por la derecha. Detrás iba el capitán con la 3ª sección del teniente don Isaac Labrador Gallardo. Mientras avanzaban, el capitán Otegui recibió una nota del coronel en que le decía ”... correrse hacia la izquierda y atacar por ese flanco haciendo fuego.”
Al teniente Reyes le corresponde la misión de avanzar hacia aquello flanco. Debe actuar rápido para sorprender a los moros y evitar que reaccionaran. El resto de la compañía siguió aquella dirección, distanciándose del grupo principal. El teniente Reyes también se distanció de su compañía hasta llegar con sus hombres al borde un profundo barranco, sobre el cual hay un grupo de chumberas con algunas casas desde donde los moros disparaban sobre ellos y sobre el resto de la columna. El capitán Otegui ordenó al teniente Reyes desalojar al enemigo mientras le apoya la 3ª sección del teniente Labrador.
El teniente Reyes desenvainó el sable y ordenó a sus hombres que le siguieran. Avanzan por saltos, corriendo unos metros mientras otros les protegen disparando cuerpo a tierra. En un momento dado un soldado avisa de la presencia de rifeños entre las chumberas cercanas. En efecto, hay cuatro moros tratando de sorprender a los españoles, pero el teniente Reyes saca a uno con el sable mientras sus hombres disparan sobre los otros tres matándolos. El rifeño está herido, pero aún con fuerzas para abalanzarse sobre el oficial, quien le mató de un disparo de su revólver.
Los rifeños siguen parapetados tras las chumberas y las cercas de las casas, por lo que el teniente Reyes ordenó cargar a la bayoneta. Los soldados se lanzan sobre las casas, cuando observaron que el teniente titubeó. Una bala acaba de impactar en su pecho, del que comienza a salir sangre. Aún así, el teniente ordenó disparar por descargas, pero la orden apenas la oyó el cabo Olivares, que seguía al teniente con su escuadra. El teniente Reyes siguió animando a sus hombres con gestos, hasta que cayó al suelo. El sargento don Carlos Rodríguez Gómez tomó el mando de la sección, pero también cayó muerto de un disparo en la cabeza. Cuatro soldados más cayeron junto a él. Los moros entonces saltaron de sus parapetos y se lanzaron contra los soldados que, sin mandos que les guiasen, entablaron combate cuerpo a cuerpo.
El capitán Otegui, que veía la lucha a distancia, ordenó al teniente Labrador que acudiera con su 3ª sección en auxilio de los restos de la 1ª sección. En el avance, el teniente, el sargento don Manuel Alberola y seis soldados más cayeron muertos por el fuego incesante de los rifeños. Avisado el teniente Fontana, acudió con sus hombres al lugar, restableció el orden, reunió a los supervivientes y continuó el combate hasta expulsar a los rifeños de las casas. Con ello se conjuró el peligro sobre el flanco izquierdo del grupo de asalto del coronel Álvarez Cabrera.
Al teniente Reyes se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando de 2ª Clase el 30 de agosto de 1910.
MUERTE DEL CORONEL ÁLVAREZ CABRERA Y RETIRADA HASTA LA SEGUNDA CASETA.
Mientras tanto, el comandante Lacanal, de batallón Alfonso XII, al mando de dos compañías de su batallón, había seguido al grupo de asalto del coronel por la derecha con intención de alcanzar la loma de Ait Aixa. Desconocedor del terreno, pues había desembarcado en Melilla tres días antes, se topó en su avance con el barranco Alfer, cuyos verticales y altos riscos no pudieron atravesar sus dos compañías. Recibiendo fuego del enemigo y fuego amigo desde Sidi Musa, el comandante ordenó la retirada hasta esta posición. Siendo herido, tomó el mando el capitán Useleti.
Cuando el coronel estaba rehaciendo su grupo de asalto, recibió una herida mortal con la que fue evacuado a Sidi Musa, donde falleció. Aparte del coronel, de su grupo de asalto murieron el capitán Fernández Cuevas, dos tenientes de Melilla y varios soldados. La mayor parte de los heridos y muertos fueron llevados a la posición de Sidi Musa. Privada la columna de su coronel y sin objetivo concreto, el comandante don Leoncio Moratinos Pestaño, jefe del 3er. batallón del regimiento de África, tomó el mando y emprendió el repliegue hasta la Segunda Caseta. Para ello recibió apoyo de las ametralladoras y cañones de Sidi Musa, y de una compañía de Melilla que envió en su socorro el jefe de la Segunda Caseta. No obstante, no llegó hasta su destino hasta las 13:25 horas.
La columna de coronel Álvarez Cabrera sufrió un total de 76 bajas: un coronel, un capitán, cuatro tenientes y 16 soldados muertos; un jefe, un oficial y 52 soldados heridos.
Mientras la columna del coronel Cabrera avanzaba cuesta arriba por la derecha del barranco Alfer, a las 03:40 horas el general Marina ordenó que se reunieran en el Hipódromo parte del escuadrón de Treviño, dos piezas de la batería de Montaña de la plaza y las dos compañías que la Brigada Disciplinaria tenía prevenidas en los Lavaderos, y que toda la fuerza se pusiera a las órdenes del teniente coronel Aizpuru para que saliese a contactar y apoyar al coronel Cabrera. A continuación, el general Marina ordenó a su segundo, el general Del Río, que se hiciese cargo de la dirección de las operaciones en el campo. Mientras la fuerza del teniente coronel Aizpuru se preparaba, llegaron al Hipódromo dos compañías, una de África y otra de Melilla, la batería Montada de la plaza y el resto del escuadrón de Melilla.
El teniente coronel Aizpuru fuerza salió del Hipódromo a las 04:30 horas en dirección hacia la mezquita de Frajana, situada a menos de un kilómetro de distancia. A su izquierda, en los Lavaderos, se situó el general Del Río con sus dos compañías y los cañones desplegados, habiendo despachado los jinetes a explorar el barranco del Lobo. Así comenzó un combate que comenzó con dos compañías edesplegadas en el campo y que finalizó teniente trece desplegadas.
La fuerza del teniente coronel Aizpuru llegó a las cercanías de la mezquita llegó sin novedad. A partir de aquí comenzó a recibir fuego procedente de grupos de rifeños apostados a unos 800 metros en los márgenes del barranco del Lobo, obligando a las compañías de desplegar y a emplazar los dos cañones para hacerles frente (Letra C). El fuego y avance de los rifeños sobre la izquierda de los españoles fue tan intenso que, cuando se le acabó la munición de Artillería, el teniente coronel Aizpuru se vio obligado a replegar los cañones e iniciar la retirada de las dos compañías. Envió al capitán de la batería a Lavaderos para que informara del hecho al general Del Rio, que se encontraba allí, y a quien además solicitó que le enviase munición.
LA 2ª COMPAÑÍA DEL 3er. BATALLÓN DE MELILLA ENTRA EN ACCIÓN.
Como el general Del Río no tenía medios de transporte para subir munición al teniente coronel Aizpuru, dispuso que la 2ª compañía del 3er. batallón del regimiento Melilla, que estaba al mando del capitán Gil, relevara a una de las compañías de la Brigada Disciplinaria para permitir a ésta la que fuera a municionar.
Nada más llegar al campo, el teniente coronel Aizpuru ordenó al capitán desplegar en guerrilla la 1ª sección, que estaba al mando del teniente don Antonio Hernández Ballesteros. Apenas desplegada, ordenó que a su izquierda también lo hiciera a su izquierda la 2ª sección, que estaba al mando del segundo teniente don José Fernández de Guevara y Mackenna. Apenas desplegados, los moros arreciaron el ataque por aquel lado, cuyo fuego hirió mortalmente al capitán Gil y causó numerosas bajas a la compañía, lo que produjo una momentánea vacilación en la tropa. El teniente don Narciso Villalón tomo el mando, a quien por ordenanza correspondía. Entonces un grupo de moros se aproximó por la izquierda a unos 50 metros para envolver aquel flanco. El teniente Fernández de Guerava se puso a la cabeza de sus hombres sable en mano, animándolos con su ejemplo y sus voces de mando, y ordenó una carga a la bayoneta. Solo fue seguido por unos catorce o quince soldados, pues el resto no pudo oírlo.
El sargento Ramón García y dos soldados de la 2ª sección vieron que el teniente estaba herido, parece ser que en el pecho o en la cadera, y que perdía mucha sangre; andaba vacilante, oscilando de un lado al otro, pero siempre al frente del grupo y animándolos en todo momento. Cuando no pudo continuar, puso rodilla en tierra y se le oyó decir apenas perceptiblemente ”¡Arriba hijos míos, a ellos!”, mientras les hacía gestos con el sable para que continuaran avanzando. Sus hombres llegaron al cuerpo a cuerpo, contuvieron la acometida enemiga y le hicieron retroceder. En este combate el teniente recibió nuevas heridas, una de ellas de arma blanca en el cuello, que lo mató.
Por esta acción, al teniente Fernández de Guevara se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando de 2ª Clase por fallo del Consejo Superior de Guerra y Marina de 4 de julio de 1910. La compañía tuvo en esta acción diez muertos y veintidós heridos, pero no retrocedió ante el impulso enemigo, conservó su disciplina y mantuvo su posición (Letra D), a pesar de que la compañía de la Brigada Disciplinaria de su derecha retrocedió.
Fue entonces, sobre las 07:00 horas, cuando uno de los cañones que era llevado desde vanguardia a protegerse detrás de la línea volcó, quedando defendida por sus sirvientes y a merced de los rifeños, que corrían para apoderarse de ella. Al lugar llegaron el capitán de la batería, de regreso de Lavaderos, que impuso disciplina de fuego en sus artilleros para tratar de contener el avance del enemigo, y un grupo de soldados de la Brigada Disciplinaria al mando del teniente Felipe Artal, que regresaban de municionar en el Hipódromo.
Uno de los artilleros era el ilicitano Privato Maciá Galiano, que protagonizó una de las heroicidades de la jornada. Estando junto al cañón, les salieron al paso una docena de moros; sus compañeros huyeron, pero él se quedó al pie del cañón, con su carabina, que disparó contra los moros matando a dos, hiriendo a otro y poniendo en fuga a los demás, mientras daba repetidas vivas a España y gritaba ”¡Esta pieza es mía!”. Por su gesta, el propio general Pintos le impuso ese mismo día la Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo.
Una vez puestas a salvo las dos piezas de Artillería, se dirigieron a municionar al Hipódromo y posteriormente desplegaron delante y a la izquierda de los Lavaderos, junto a los cuatro cañones de la batería Montada (Letra P).
Simultáneamente, a las 07:00 horas los moros abrían fuego sobre la posición de Sidi Hamed el Hach, obligando a las avanzadas a replegarse al interior de la posición y sostener el fuego hasta las 14:0 horas, momento en que cesó por haberse incorporado los agresores a la lucha que tenía lugar frente a los Lavaderos.
LLEGADA AL CAMPO DE LOS CAZADORES DE ESTELLA Y ALFONSO XII.
Mientras tanto, el general Del Río había recibido al batallón de Cazadores Estella, de la 3ª Brigada Mixta, procedente de la plaza, y ordenó a su comandante Fernández Ampón que saliera al campo con dos compañías para reforzar la línea. Las unidades de Estella llegaron en el momento oportuno para repeler el avance de los moros y recoger la pieza volcada. Además, su despliegue a la izquierda de Melillla permitió a ésta afianzarse en el terreno y evitar el envolvimiento con el que amenazaban los moros por ese flanco (Letras E y F). Poco después, llegó la compañía de la Brigada Disciplinaria relevada por la de Melilla y desplegó a la derecha, junto a su compañera (Letra G), restableciéndose de esta forma la línea española, formada en ese momento por cinco compañías de Infantería (dos de la Brigada Disciplinaria, una de Melilla y dos de Estella).
Poco después, el general Del Rio recibió en los Lavaderos al coronel Fernández Cuerda, del batallón de Cazadores Alfonso XII, de la 3ª Brigada Mixta, al frente de dos compañías de su unidad. El general las sacó al campo y las hizo desplegar a la izquierda de la línea, donde los moros mostraban más agresividad y acometividad (Letra H).
DESPLIEGUE DE DOS COMPAÑÍAS DE MELILLA Y DOS MÁS DEL BATALLÓN FIGUERAS.
La batería Montada de la plaza había emplazado sus piezas en el flanco izquierdo, entre el Lavadero y la Posada del cabo Moreno (Letra M), y sobre aquel flanco los rifeños continuaban corriendo y desplazando a sus hombres. Como el general Del Río veía que los cañones corrían peligro, hizo desplegar dos nuevas compañías de Melilla, recién llegadas de su acuartelamiento en la plaza, para que lo hicieran de nuevo a la izquierda de la línea y delante de los cañones (Letra I). En este momento los españoles tenían nueve compañías en combate.
La presión de los rifeños sobre la izquierda española no aflojaba. La amenaza sobre los cañones obligó a que la compañía de guarnición en la Posada del Cabo Moreno saliese al campo a proteger los cañones. Mientras una sección a pie del escuadrón de Melilla se unía a ellos, el resto del escuadrón cargaba contra los moros, que se acercaban peligrosamente. Una de las compañías de Melilla aprovechó la aparición de la Caballería para cargar a la bayoneta contra el enemigo, le expulsó de aquel terreno y rescató algunos heridos y varias cajas de municiones.
Mientras tenían lugar estos combates, el general Marina se encontraba en el puerto de Melilla recibiendo a las primeras unidades de la 1ª Brigada Mixta de Madrid. Se trataba de los batallones de Cazadores Barbastro y Figueras con cuatro compañías cada uno, que sobre las 08:00 horas el general envió al campamento exterior del Zoco. A continuación, marchó hacia el Lavadero para juntarse con el general Del Río. Por el camino alcanzó al batallón Figueras, y ordenó a su teniente coronel, don José Ibáñez Marín, que marchase al campo con dos compañías mientras dejaba las otras dos en el campamento. El general acompañó personalmente al teniente coronel para señalarle su lugar de despliegue, de nuevo en la izquierda de la línea española, que en ese momento aumentó a once compañías.
La 2ª compañía de Figueras desalojó al enemigo de unas casas que había en su camino y desplegó en la línea (Letra J), mientras que la 4ª compañía desplegó detrás de ella y a su izquierda (Letra L), para tener a la vista la loma de Sidi Musa. El fuego que se vio obligado a hacer esta compañía contra el enemigo fue tan intenso que a media día tuvo que solicitar ser municionada, tarea que fue encomendada a una sección de Ingenieros.
EL BATALLÓN BARBASTRO DESPLIEGA DOS COMPAÑÍAS Y ESCOLTA EL CONVOY CON OTRAS DOS.
El general Marina tomó el mando de las operaciones sobre las 09:00 horas; hizo su composición de lugar y concluyó que el enemigo tenía mucha fuerza, pero que estaba contenido. Por ello, decidió hacer una jugada demostrativa ante el enemigo, para hacerle comprender a los rifeños lo decidido que estaba el mando español para cumplir sus tareas, incluso bajo el fuego enemigo. Decidió que el convoy de aprovisionamiento de las posiciones avanzadas debía salir debidamente escoltado, y que la línea se mantendría desplegada hasta el regreso del convoy. Para ello mandó llamar al batallón Barbastro y asignar dos de sus compañías para la protección de convoy. Las otras dos compañías desplegarían para proteger los seis cañones de las baterías Montada y de Montaña, la 4ª compañía junto a ellos (Letra O) y la 2ª compañía a vanguardia (Letra N). De este modo, el número de compañías desplegadas aumentó a trece.
El convoy de suministro salió del Hipódromo llevado agua para la Segunda Caseta. Los suministros se montaron en el tren escoltados por un oficial y 30 soldados, mientras que el coronel Axó mandaba la fuerza de escolta formada por las 1ª y 3ª compañías de Barbastro. El convoy fue tiroteado por los rifelos durante el trayecto, pero llegó a su destino sin novedad. Allí, sobre las 13:30 horas, se incorporó la columna del coronel Álvarez Cabrera, que venía retirándose desde la posición de Sidi Musa al mando del comandante Moratinos.
LA RETIRADA DE LAS FUERZAS Y LA TRAGEDIA DE LA 4ª COMPAÑÍA DE FIGUERAS.
Informado por la tarde el general Marina de la salida del convoy de regreso al Hipódromo, y dada lo adelantado de la hora, el general consideró que las tropas no debían permanecer más tiempo desplegadas y que debía retirarlas antes de que anocheciera, por lo que ordenó el repliegue escalonado de las compañías hasta los Lavaderos, que debía ser apoyado por el fuego de los cañones, que fueron reforzados con la 2ª Batería de grupo de la 3ª Brigada Mixta. La línea fue retirándose paulatinamente bajo el preciso fuego de la Artillería, que mantenía alejados a los rifeños. Es entonces cuando se produjo un sangriento incidente que acabó con la vida de un insigne militar, historiador y escritor.
La izquierda de la línea estaba guarnecida por la 2ª compañía de Figueras. A su izquierda desplegó la 1ª sección de la 4ª compañía del batallón para vigilar aquel extremo (Letra K), mientras las otras dos secciones permanecían en su sitio inicial, detrás de la 2ª y algo desplazadas a su izquierda. La retirada de la 2ª compañía se preparó sobre las 18:00 horas. Mientras tanto, habían llegado al campo de batalla unas raciones en frio para dar de comer a la tropa. El teniente coronel Ibáñez Marín quiso que sus soldados comieran, pues llevaban más de treinta horas sin comer, y permitió que las dos secciones retrasadas de la 4ª compañía se dispusieran a ello. Fue entonces cuando, sobre las 18:30 horas, un numeroso grupo de rifeños, que estaba escondido tras una espesa línea de chumberas, se lanzó cuchillo en mano sobre la 1ª sección, que retrocedió precipitadamente tras un breve encuentro cuerpo a cuerpo. Las secciones de detrás de la 4ª compañía fueron sorprendidas comiendo, sin armas en la mano, y obligadas a combatir cuerpo a cuerpo e igualmente a retroceder mientras los moros rebasaban el flanco izquierdo de las tropas españolas.
La 2ª compañía de Barbastro estaba inmediatamente detrás de la 4ª de Figueras. Alertada por el súbito ataque enemigo, desplegó sus secciones e inició un enérgico fuego por descargas que detuvo a los moros y permitió recuperar el orden a la 4ª de Figueras. El capitán ayudante del batallón Figueras, don Godofredo Nouvilas, notó la falta del teniente coronel, un capitán y cinco soldados, y dispuso un avance contra los moros para tratar de recuperar los cadáveres. Sin embargo, la resistencia del enemigo, la carencia de flancos cubiertos y lo adelantado de la hora le hizo desistir a pesar de haber avanzado unos 200 metros. La 4ª compañía de Figueras se retiró ordenadamente protegida por los fuegos de la 2ª compañía de Barbastro, que también se retiró manteniendo en todo momento la disciplina de fuego, llegando ambas finalmente a los Lavaderos.
El ataque final del enemigo sobre la 4ª compañía de Figueras costó 42 bajas: un teniente coronel, un capitán y diez soldados, muertos; un capitán, un teniente y 28 soldados, heridos. Al día siguiente, la 3ª compañía de Figueras hizo una batida por el lugar del ataque y pudo recoger el cadáver del teniente coronel Ibañez Marín, que presentaba cuatro heridas de bala. Junto a él se encontraron los cuerpos de un cabo, un corneta, tres soldados y seis enemigos, lo que indica la feroz lucha que tuvo lugar, pues los rifeños ni retiraron a sus muertos ni pudieron ultrajar y robar los cuerpos de los españoles.
LAS BAJAS DEL DÍA.
La jornada del 23 de julio fue muy sangrienta. Las bajas españolas sumaron 283 en total: 2 jefes, 8 oficiales y 46 de tropa muertos; 1 jefe, 9 oficiales y 215 de tropa, heridos: